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¿El VOLCEL debería estar de moda?

‘Sin sexo no hay feminismo’ nos da algunas pistas para reflexionar sobre nuestra sexualidad 

 

 

En los últimos años, el celibato voluntario, también conocido como “volcel”, ha ganado visibilidad en redes sociales y medios de comunicación. Cada vez más personas, especialmente jóvenes y mujeres, eligen abstenerse temporal o indefinidamente de las relaciones sexuales. Las motivaciones son variadas: algunas lo hacen como forma de autocuidado, otras para centrarse en proyectos personales, estudios o trabajo, y muchas simplemente buscan distanciarse de la cultura del sexo casual y las dinámicas de las apps de ligoteo. Hasta Rosalía lo expresó en su momento en una entrevista: “Estoy soltera y soy volcel. Mi prioridad soy yo misma, mi arte y mi tiempo”  

 

Estadísticas recientes reflejan esta tendencia creciente. Por ejemplo, en Estados Unidos, uno de cada tres jóvenes menores de 25 años no había mantenido relaciones sexuales en los últimos tres meses, cifra que dobla la registrada en la década anterior. En Francia, la proporción de jóvenes sin sexo durante un año pasó del 5% en 2006 al 28% en 2023. Este fenómeno ha generado un amplio debate: para algunas personas, es una elección liberadora; para otras, una respuesta al cansancio frente a las dinámicas de las relaciones heterosexuales y la presión social.

 

Algunas voces como Laia Mauri en el diari Crític argumentan que el celibato voluntario puede ser una forma de apartar del debate público la sexualidad e individualizar la política sexual. En lugar de cuestionar estructuras de poder —machismo, heteronorma, desigualdad—, la abstinencia se convierte en una estrategia individual, lo que podría interpretarse como un síntoma de sociedad neoliberal e hiperindividualista.

 

Frente a este debate, Paulita Pappel con ‘Sin sexo no hay feminismo’, nos invita a pensar sobre cómo vivimos la sexualidad, cómo tomamos decisiones sobre nuestro cuerpo y deseos, y de qué manera estas elecciones se relacionan con la cultura y las normas sociales que nos configuran. 

 

La autora defiende que el sexo y la pornografía pueden ser herramientas de emancipación, capaces de romper tabúes y vergüenza interiorizada, crear espacios de diversidad y autoconocimiento y transformar la sexualidad en un acto político y cultural, no solo individual.


Mientras que el volcel pone el énfasis en la protección individual y la autonomía personal, este libro nos invita a posar la sexualidad al centro, como herramienta de emancipación, cuestionando la cultura, los tabúes: pistas para reflexionar sobre nuestras decisiones, nuestros cuerpos y nuestro placer, recordando que la libertad sexual puede ser mucho más que una elección individual: puede ser un espacio de reflexión y transformación colectiva.

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